Ciudad entre aguas


Ruinas de Nan Madol, Pohnpei, Micronesia

Erigida sobre el arrecife, interconectada por canales y con farallones de hasta 14 metros, en la costa de la isla de Pohnpei, Micronesia, se halla Nan Madol, la Venecia del Pacífico. Conformada por 91 islotes artificiales, esa ciudad ceremonial se construyó entre los siglos VIII y XII d.c. y fungió como capital de la dinastía Saudeleur hasta el año 1500 de nuestra era.


Bajo un velo espeso de jungla y calor, anegada por la lluvia que se empoza y poblada de mangles, cangrejos y ánimas, Nan Madol se esconde del mundo entre las tantas salpicaduras de tierra que forman la Micronesia.


La Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) la incluyó en 2016 en la lista de patrimonio mundial en peligro, a causa del aumento del nivel del mar y el avance de la vegetación.


La terquedad de sus ingenieros fue más allá de construir sobre corales, pues los enormes palacios de roca, sus muros ciclópeos y las decenas de recintos funerarios constituyen los únicos de su tipo en el mundo.


El patrón de las edificaciones es básicamente una hilera de cilindros de basalto dispuestos horizontalmente sin espacios intermedios y encima de esta, otro tanto de columnas ubicadas en vertical, y así sucesivamente. Una única pieza pesa hasta 20 toneladas y algunos recintos necesitaron 32 mil bloques para erigirse a lo largo de los 18 kilómetros cuadrados del complejo.


Teniendo en cuenta que los moradores de Nan Madol vinieron de la isla de Pohnpei, su tendencia a la monumentalidad está dada por el hecho de ser un pueblo guerrero que se representa imponente ante los enemigos. Los patrones geométricos y repetitivos, así como la cantidad de islotes dedicados a ritos fúnebres develan el arraigado culto a los muertos, característica distintiva de los pueblos de Micronesia.


En Nan Madol no hay agua dulce ni alimentos, por lo que los Saudeleur vivían de los tributos traídos desde tierra y al ser derrocados, ningún otro gobernante alcanzó su estatus y abandonaron la ciudad.


Descubrir cómo se transportaron las piedras y el origen de las mismas representa todo un enigma para los arqueólogos. Los pohnpeyanos relatan, sin asombro y con muchos detalles, que llegaron volando.


La única cantera se encuentra en el otro lado de la isla y su traslado por tierra es imposible a causa de los manglares. La hipótesis más lógica es la travesía marítima, pero el recorrido desde Pohnpei hasta los islotes incluye un arrecife con escaso calado; además, cómo se coloca un De Wikipedia, la enciclopedia librebloque de varias toneladas desde una barca de troncos.


Nan Madol significa “entre espacios”, evidentemente por su sistema de canales, mientras que Pohnpei se traduce como “sobre el secreto” pues según los nativos, señaliza y oculta a Kanimeiso, “la ciudad de nadie”.


Por 1939 la prensa alemana vendía diarios con la historia de unos buscadores de perlas japoneses que encontraron un tesoro de platino bajo los atolones. Los submarinistas contaron que había calzadas de piedra, columnas y panteones entre las colonias de corales. Según los pohnpeyanos, un día dos de ellos no emergieron y eso ahuyentó a los demás, por lo que Man Nadol se hizo famosa como ciudad maldita.


Recientemente expertos australianos y estadounidenses hallaron a poca profundidad la parte superior de nueve columnas verticales de 20 metros de altura. Los especialistas aseguran que los monolitos superan los 12 mil años de antigüedad y pertenecieron a una civilización más avanzada que la de Nan Madol. Amantes de los mitos creen que se trata de una de las ciudades del continente perdido de Mu.


Los locales cuentan que los gemelos Olosipe y Olosaupa llegaron en una nube para edificar un santuario al dios sol y al ver las luces de la ciudad sumergida, convocaron a las piedras, que vinieron volando y crearon ahí Man Nadol.


Los pohnpeyanos, hastiados del turismo, afirman que las ánimas acechan al que permanezca en los islotes después del ocaso. Así, son menos los que se aventuran tan lejos, y mientras, la jungla devora sin prisas a la ciudad entre las aguas.


Yanet Medina

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