De Harappa a Londres, el largo viaje del tamil


Templo en Tamil Nadu, India

Reverenciado por ser uno de los idiomas más antiguos del mundo y mecenas de la literatura sudasiática, usado por 70 millones de personas y con una caligrafía y fonética deslumbrantes, el tamil es un pedazo de historia viviente.


Hoy es una de las lenguas oficiales de India, Sri Lanka, Malasia y Singapur, con grandes núcleos de hablantes en Myanmar, Indonesia, Sudáfrica y Mauricio, así como en Reino Unido y Canadá.


Proviene de la raíz drávida, junto al telugu, kannada y malayalam, pero posee mayor cúmulo literario que todos ellos, por lo que el gobierno de la India lo galardonó en 2004 como idioma clásico.


Sus orígenes se remontan cinco mil años atrás en la ciudad de Harappa (noreste de Pakistán), epicentro de la cultura del valle del río Indo y uno de los primeros asentamientos humanos.


Cuando los invasores arios llegaron a la entonces Persia –venidos probablemente del mar Caspio- descendieron hasta el sur de India (1500 a.n.e.) e incluso más allá, llevando en ristre al Tamil, con toda su carga de metáforas y seducción.


Tras varios siglos de expansión sobrevino la época dorada de este idioma, bajo las dinastías Pandiya, Chera y Chola, cuyos monarcas se rodearon de poetas, filósofos y científicos.


Biografías permeadas de realismo, leyendas que rozan los códigos de la novela de ficción, poemas transgresores, tratados de medicina, gramática o teología conforman el legado del tamil.


De los dialectos actuales, el más apegado al de aquellos tiempos es el esrilankés, a pesar de su paulatina inclusión de nuevos vocablos y grafemas. Pero aun así, no deja de ser inescrutable para los propios nativos, ya que existen variantes para la escritura, la música, la cinematografía y los contextos informales, cada una con su propio vocabulario.


La caligrafía supone otro reto pues, lo que parece una catedral de caracolillos abigarrados y reptantes, se forma a partir de 12 vocales y 18 consonantes combinadas de 247 maneras.


Fonéticamente es un misterio, pues cada vocablo es un bosque de sonidos sibilantes, agudos y explosivos, un tropel de vida. No es nada fácil "enrollar" la punta de la lengua hacia el paladar para articular ese peculiar tha, ni saber cuándo usar la llamada arma de las letras, o menos aun pronunciar una palabra de casi 20 sílabas.


Hasta el español nos llegan las reminiscencias del tamil a través de los términos catamarán (kattumaram), anaconda (anai-kondra), mango (mangai), arroz (arisi), paria (paraiyan) y naranja (nartankay).


Esta fue la lengua de los sultanes, de la opulencia, del comercio del sándalo y del azafrán, pero también está en deuda con los aldeanos y sus charlas simples a orillas de un camino de tierra y con los ascetas en sus letanías frenéticas.


Durante siglos atestiguó la evolución y decadencia de civilizaciones, dio a los budistas la herramienta para desentrañar los vericuetos del alma y bebió del eclecticismo hindú.


Michael Wood, historiador y periodista británico, asegura que por su sincretismo y altivez aun intactos, es la expresión de la fragmentación y la asimilación y constituye el estandarte de la última civilización clásica viviente. Solo un pueblo amante de la belleza puede gestar un idioma tan poético, armónico dentro su infinitud y con personalidad propia.


El tamil sobrevivió al habla gélida de los arios, sorteó a los mughales y su sarta de arabismos y se deslizó entre los ingleses con la sutileza de un súbdito resignado.


Pero los versos que hoy se recitan en las salas de poesía londinenses se forjaron bajo el calor delirante del subcontinente y se reinventaron en la jerga de los slum, entre las manos que aun amasan tortillas en fuegos humildes.


Yanet Medina

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