La maldición de la casta



Dimpy es una adolescente nepalí de casta dalit, la más baja en la estructura hindú, y aunque el gobierno le otorgó una beca de estudios, el rechazo de sus compañeros le hizo abandonar la escuela.


La comunidad dalit o intocable, además de ser minoritaria, posee escasa influencia política y vive en extrema pobreza, por lo que la mayoría de las niñas no asiste a centros educativos.


Aunque la institución les provea estipendio, uniforme y almuerzo, la vergüenza les impide ir a clases, pues se ven forzados a sentarse en la tierra y dejar los pupitres a los de estatus superior.


En el sistema de castas imperante en el sudeste de Asia, los dalit se consideran el resultado de un pecado cometido en otra vida y tan solo su sombra u olor causaría una mancha a los demás.


Los padres de Dimpy emigraron al valle de Katmandú hace diez años huyendo de la vida en el campo y de la violencia, pero ahora ambos trabajan dieciocho horas por día en una manufacturera de alfombras, mientras ella se encarga de preparar la comida y cuidar la casa.


El gobierno nepalí estableció un plan de becas para mejorar el grado de alfabetización de esta minoría, a la que pertenece el 13 por ciento de la población del país, pero la deserción escolar sigue en aumento.


A menudo, a las hijas se les exige permanecer en el hogar para cuidar a sus hermanos menores o ayudan en las faenas agrícolas.


El género, el poder adquisitivo, la lengua materna, la pertenencia étnica o confesional, condicionan la marginación, por lo que amplios sectores quedan fuera del alcance gubernamental y se ven afectados en sus derechos básicos.


En las últimas décadas se intentó tímidamente reconfigurar esa visión discriminatoria, aboliendo oficialmente la casta más baja: los intocables, pero esas poblaciones aún son vistas como parias.


Nepal presta mayor atención a la educación desde hace algunos años y uno de los objetivos es reducir la desigualdad entre los sexos y poner fin a la discriminación.


En colaboración con organismos internacionales, el gobierno financia programas de becas para llevar la educación al alcance de las castas consideradas inferiores, las familias pobres, los huérfanos y las niñas.


Dimpy recibió una subvención que sufragaba gastos relacionados con el uniforme y material escolar, así como el pago de la matrícula e incluso alojamiento si su vivienda era distante.


Cuando casi concluía la secundaria en el colegio de Kanti Bhairab, en el barrio de Dachi, ubicado en los arrabales de Katmandú, su madre enfermó y su padre la desalentó de ir a la universidad, donde tampoco se libraría de su origen dalit.


Uno de los recursos más preciados para el hombre son sus capacidades intelectuales y hoy, la alfabetización y la educación continúan subvaloradas en países como este.


Naciones Unidas calcula que aproximadamente 759 millones de adultos no poseen las competencias elementales en lectura, escritura y cálculo y de esa cifra, un dos por ciento son mujeres.


Para Dimpy y tantas otras jóvenes pertenecientes a las castas bajas del hinduismo, un futuro sin educación implica subsistir de la tierra o la artesanía.


Desde hace siglos los intocables de Nepal se dedican a picar piedras para abastecer los hornos de ladrillos o fabricar bandejas de fibra vegetal, en una suerte de ciclo interminable que dicta el sino de los que están por nacer y los despoja de su derecho a elegir.

Yanet Medina


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