El lenguaje de las águilas doradas


Enfundado en pieles que lo camuflan entre las rocas, Shohan entrena a su hijo en las lides de la caza, pero esta vez, el pequeño aprenderá el lenguaje de las águilas doradas de Mongolia. Las montañas de Altai son el hogar de los últimos expertos en la doma de aves de rapiña, representantes de una de las más antiguas tradiciones de los pueblos de Asia Central.


Actualmente solo quedan cerca de 400 cazadores. La mayoría son de etnia kazaja, los cuales enseñan a sus descendientes desde temprana edad el arte de domeñar a los pájaros dorados. Según la historiografía, esa práctica tiene sus orígenes en el año 940 a.c. en la comunidad nómada de los Khitans, que vivieron principalmente en la región de Manchuria, en el norte de China.

La vida en Altai es inhóspita y los cazadores veteranos envejecen con prontitud a causa de inviernos cada vez más crudos, por lo que la milenaria cultura de la cetrería está amenazada con desaparecer. Shohan adiestra a su hijo mayor en la manera de interactuar con Perna, su águila dorada, ya que llegado el momento el chico tomará la suya.

El estilo de vida de los nómadas mongoles sigue intacto a través de los siglos y su estoicismo resulta a veces incomprensible para el que viene de otro sitio. Aquí, animales y hombres comparten el desafío de la subsistencia, la severidad de las montañas nevadas, el aislamiento y a la sensación de hallarse en el borde del mundo.

Esas comunidades se mueven al menos tres veces por año, en busca de pasto para los rebaños, por lo que recorren más de 150 kilómetros con temperaturas de 40 grados bajo cero. Mientras dura el trayecto, las aves vagan por las estepas al acecho de zorros para sus entrenadores, pues con la helada, la visión humana disminuye pero la de ellas sigue siendo ocho veces más certera.

Sohan explicó a su hijo lo que una vez su padre le enseñó a él: debe elegir un águila hembra pues son más agresivas que los machos y llegan a pesar hasta 14 libras. Necesita una de cuatro años aproximadamente, lo suficientemente dócil como para vivir con humanos, sin que ello menoscabe su naturaleza salvaje.


Luego vendrá un lustro de severo entrenamiento y durante ese tiempo, el cetrero debe tratarla con gentileza, o de lo contrario lo abandonará. Su compañero la alimentará para reforzar la confianza, le hablará y cantará para que grabe su voz en la memoria y dispondrá un sitio especial para ella dentro de la tienda de campaña con el resto de la familia.

Ver a un hombre acariciando a su águila es muy común, así como los viajes de ambos en busca de presas, e incluso bromean diciendo que son más amadas que sus esposas. La lealtad es la base de esa unión, pues solo aquel que un día la tomó de su nido puede someterla y a su vez, él vestirá solo las pieles de los animales traídos por ella. Tras 15 años de servicio, los domadores devuelven a los pájaros a la vida salvaje, pero generalmente ninguno de los dos quiere separarse y a veces regresan.


Para Shohan y Perna llegó la hora de la despedida. Él marcha a caballo y lleva un sombrero de tres piezas, hecho con piel de marmota y adornado con plumas. Su mano descansa sobre una horquilla de madera incrustada a la montura y ella va, majestuosa, aferrada a su brazo derecho, previamente forrado en cuero para no lastimarse por las garras.


Una última canción y un regalo de despedida, porque es parte de la tradición llevar los huesos de una oveja cazada por ella y dejarla en la cima de algún picacho, de modo que pueda usarla como nido para sus polluelos. Perna vuelve a donde pertenece y Shohan alentará a su hijo para buscar una compañera, en el intento de que la tradición no muera y sigan, hombre y águila, gobernando Altai.


Yanet Medina

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