Esther, educadora de generaciones


Esther siendo entrevistada en su hogar.

La mañana despierta, las flores y los adoquines del patio aún están húmedos. Frente a mí, la brevedad de un ser humano inmenso. Es una mujer de voz serena y ademanes reposados, tierna y maternal, pero a la vez fuerte y austera. A pesar de sus 99 años, cumplidos este 7 de agosto, Esther María del Rosario Montes de Oca Domínguez conserva el brillo en la mirada y la lucidez de las palabras.


Me recibió en su hogar pinareño de San Juan y Martínez, devenido Casa Museo Hermanos Saíz Montes de Oca tras el asesinato de sus hijos Luis y Sergio por esbirros de la tiranía de Fulgencio Batista, el 13 de agosto de 1957. Allí, envuelta en recuerdos, rememoró parte de su vida.


¿Cuándo y dónde se vinculó al magisterio?


Comencé a trabajar como maestra de primaria en 1937 en la escuela La Tinaja, situada en Río Seco; después en Marrero, un apartado lugar de San Juan y Martínez y, al nacer Luisito, vine para el pueblo.


Esther es Doctora Honoris Causa de la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río. El 13 de agosto de 2008 -aniversario 51 del asesinato de Luis y Sergio- recibió el Premio Maestra de Juventudes, otorgado por la Asociación que lleva el nombre de sus hijos a personalidades de la cultura vinculadas al quehacer de los jóvenes en el país.


¿Siempre se interesó por la pedagogía?


No. Me gustaba ser artista, pero eran otros tiempos: la sociedad estaba llena de prejuicios, y mi padre, ¡ni hablar! También me interesaba el derecho, y bueno, el magisterio.


¿Qué determinó su vocación?


Mi hermana Aida, definitivamente. Ella era Doctora en Pedagogía. Siempre fue la guía de la familia y mi paradigma.

Esther era la esposa del juez del pueblo, pero a pesar de su posición social y económica, impartía clases en la escuela pública a la que también asistían sus hijos.


¿Le fue difícil ser maestra y madre?


Me criticaron que los muchachos se mezclaran con niños humildes, pero seguí aferrada, porque con los pobres aprenderían. Fue ahí que conocieron la vida, se formaron junto a los más pobres. Escribían en libreticas hechas artesanalmente. Salían con medias y antes de entrar a clases, las guardaban en los bolsillos para no acentuar las diferencias dentro del aula.


Me enorgullece haber contribuido a formar en ellos la sencillez y el sentido de justicia.

Por otra parte, me alertaban que ser maestra y madre me restaría autoridad y ellos no sabrían si comportarse en el aula igual que en la casa. En cambio, nunca tuve que requerirlos. Me llamaban “señora” en la escuela y “mami” fuera de ella.


¿Y la educación en el hogar?


Luis, mi esposo, ayudó muchísimo en ese sentido. Entre ambos les inculcamos el amor por la obra de José Martí desde pequeños. “La educación comienza en la cuna…”. Lo que se aprende en el hogar va a repercutir después en la sociedad. Los preparamos para la vida. Les enseñamos siempre el sendero recto, pero sin imposiciones. Ellos escogían el camino.


¿Quisiera compartir alguna anécdota de Luisito o Sergio que recuerde de manera especial?


Al ingresar Luisito en a Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, y llegar el invierno, le di dinero para que se comprara un traje negro. El tiempo pasó y no lo llevó a casa. Yo le pregunté varias veces, hasta que me dijo: “Mami, no me hagas mentirte más, el dinero se lo di a Pablo Silva, mi compañero, que no tenía con qué pagar la mensualidad”. Eso me desarmó.


En 1961 en Cuba se realizó la Campaña de Alfabetización. ¿Usted fue brigadista?


Cuando la Campaña de Alfabetización yo seguí impartiendo clases normalmente; además, alfabeticé y asesoré a otros para que también fueran a enseñar . Fue reconfortante ver a personas que antes tenían que firmar con las huellas digitales, poder hacerlo con su puño y letra.


Durante ese tiempo, muchos maestros vivieron momentos difíciles, corrieron peligro; otros, como el joven Manuel Ascunce, perdieron la vida. ¿No sintió miedo?


No, nunca vacilé, tampoco mis compañeros. Imagínate que había niños de 12 y 13 años lejos de su familia. Otros brigadistas estaban internados en las montañas, en casas de campesinos. La disposición del pueblo fue lo que posibilitó el éxito de la Campaña. Nada nos hizo retroceder. El dolor que desencadenó la pérdida de mis hijos, recién asesinados, me fortaleció.


El 22 de diciembre de ese mismo año, ¿qué experimentó?


Mientras la Plaza de la Revolución se estremecía de júbilo y en todo el país la alegría era inmensa, para nosotros la felicidad era doble, al saber que Lagunillas, un rinconcito apartado de una zona montañosa en San Juan y Martínez, había sido el primer territorio libre de analfabetismo en Cuba.


Yo sentía que Luisito y Sergio estaban en La Habana. Los veía vestidos de brigadistas, farol y cartilla en mano, felices al ver realizado uno de sus anhelos. En tanto, las banderas de reconocimiento eran iguales, la nuestra, que se conserva en el Museo local, era la única que tenía el nombre del municipio.

Esther, eterna enamorada de este pueblo, se convirtió en promotora de una historia de la que ella forma parte.


La imprenta de nuestro municipio ha pasado a la posteridad. ¿Por qué?


Para orgullo nuestro, la imprenta, antes propiedad de Nenito Gener, fue uno de los lugares en el país, donde, clandestinamente se imprimió La Historia me absolverá. Hoy pertenece a la Unión de Jóvenes Comunistas, y una tarja en su fachada da fe del hecho.


San Juan y Martínez es cuna de hombres imprescindibles para la patria, entre ellos, Luis y Sergio Saìz. Otros, nos llenan de orgullo, pero resultan desconocidos para algunas personas… ¿Quién fue Rafael Morales y González?


Yo siento una gran admiración por Moralitos y considero estar en deuda con él, que lo entregó todo y murió en el campo de batalla. Abogó por la erradicación de la esclavitud. Creó una cartilla para alfabetizar a los mambises. José Martí le llamó Pico de Oro por su encendido verbo.


Ambos teníamos muchas cosas en común, sobre todo, la inclinación por el magisterio y el derecho, a los que hizo aportes. Siempre me identifiqué con él por ser un defensor de las causas justas y por el amor a su tierra. Es un sanjuanero ilustre, lástima que muchos no lo conozcan y otros, apenas lo recuerden. Por la entrega a Cuba y su vida tronchada en plena juventud, pienso en mis hijos.


Pero también han ocurrido hechos trascendentales que han tenido como escenario nuestro pueblo…


Mi familia, de estirpe mambisa, procuró en todo momento salvaguardar la memoria histórica de nuestras gestas independentistas. Para eso, desde pequeños nos narraron todo lo relacionado con esas contiendas. Por ellos supe de la presencia del General Antonio Maceo en la Portada de Guacamaya, donde acampó con la tropa, y de su paso por el antiguo Central Galope en la ruta hacia Mangos de Roque.


Viene también a mi memoria, el incendio del pueblo el 21 de febrero de 1896, cuando sus habitantes, ante la inminente llegada de los españoles, prefirieron que todas sus pertenencias fueran pasto de las llamas antes que caer en manos del enemigo. Desde entonces, esta fecha ha pasado a la historia como el Día de la Dignidad Sanjuanera.


¡Ah!, y un poco más cercano en el tiempo, no olvido la primera comunidad rural creada el 24 de enero de 1961, en los terrenos que habían sido propiedad del latifundista Pedro Menéndez. Allí se fundó un moderno pueblecito con un centro escolar, tienda, oficina de correos y demás comodidades; así como viviendas de mampostería y placa, para los campesinos, desde entonces dueños de su tierra y sus casas. Fue muy emotivo que lo nombraran Comunidad Hermanos Saìz.


Si pudiera retroceder en el tiempo, ¿por qué profesión se decidiría?


Sin dudas, educadora. Mi profesión me ha ayudado a vivir, me ha dado muchos momentos felices. Los alumnos han sido la continuidad de mis hijos.


¿Qué quisiera hacer que no pueda?


Formar parte de la Revolución Educacional que tiene lugar hoy en el país. Estar siempre rodeada de alumnos. Y si no fueran demasiados sueños, llevar la enseñanza a otros pueblos del mundo, como hacen tantos profesionales de la educación cubana. Pero, no hay remedio, a la vuelta de tantos años, no hay tiempo para más. Sólo queda, desde aquí, dar testimonio de las penurias que sufrimos los maestros, alumnos y, peor todavía, aquellos que ni siquiera llegaron a entrar a un aula antes del triunfo de la Revolución, y compararlos con este presente hermoso que debemos defender a toda costa.


El mediodía asomó. Las flores se desparramaron sobre los adoquines del patio interior. A Esther, el peso del alma no la hace parecer triste, aunque sí algo ausente y llena de nostalgias. Ella, que ha dedicado su experiencia a las nuevas generaciones, es todo un ideal, no admite silencios.


Yanet Medina





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