Hijas del fuego


Los ojos aceitunados de Shaista asoman entre las vendas que recubren su cuerpo quemado. Ella, como tantas otras afganas, decidió escapar de la vida por caminos de lumbre. Afganistán es el único país del mundo donde la tasa de suicidio femenino supera a la de los hombres. En la provincia de Herat, anualmente, cerca de cien mujeres se prenden fuego.


Llegó al hospital ardiendo entre girones de cabello y tela. Su cuerpo de 19 años es ahora un paisaje de lava. Las lágrimas se escurren entre las gasas y los vericuetos de su piel ampollada. Compasión es lo más parecido al amor que recibirá y esas manos de hombre que le cambian los vendajes son de las pocas que no le pegarán. Shaista se quemó viva por un error que no cometió, uno que no existe, o que todos ven excepto ella. Su culpa fue nacer mujer.


De acuerdo con la organización británica Oxfam, ocho de cada 10 afganas sufren violencia física, sexual o psicológica. En 2015 la Comisión Independiente Afgana de Derechos Humanos registró cinco mil 132 crímenes de género y de abril a junio de 2016 el Ministerio de Asuntos para la Mujer reportó 600, pero muchos no se denuncian.


Las que acuden a la policía se exponen a ser violadas y luego devueltas a sus familiares. Quienes escapan por más de 48 horas enfrentan acusaciones de adulterio, cuyo castigo es la mutilación del rostro o la muerte.


Intercambiadas entre parientes, ofrecidas para saldar deudas o arreglar disputas, raptadas y víctimas de ataques con ácido en la calle, las afganas pierden su estabilidad mental y se quitan la vida de la manera más brutal. Usualmente provienen de bajos estratos sociales. Al no tener acceso a armas ni dinero para comprar barbitúricos, beben veneno de ratas, se ahorcan, saltan al río o terminan abrasadas.


Aunque las familias declaran un accidente doméstico, es fácil reconocer a una suicida: la mayoría tienen entre 14 y 21 años y se empapan en queroseno, mientras que en las casas se usa leña o gas para cocinar. Muchas se vierten aceite hirviendo o solo se rocían el abdomen, porque quieren despertar la atención sobre su tragedia, pero a veces las llamas las envuelven.


El 85 por ciento de las afganas no saben leer ni escribir y por ignorancia, creen que morirán rápido, pero agonizan durante días antes de fallecer. También, el 80 por ciento de las que llegan a los hospitales perece por falta de medios para tratarlas. Si sobreviven sufren secuelas de por vida, pues es difícil observar el tratamiento mientras cargan agua y cuidan de varios hijos.


Casi 40 años de guerra acarrearon miseria, insalubridad e ingobernabilidad, bajo las cuales floreció el esquema patriarcal que hizo de este país una cárcel a cielo abierto para la mujer y le provocó un daño psicológico irreparable.


La ley tolera los códigos tribales. El 60 por ciento de las menores de 15 años son obligadas a casarse con hombres que les doblan la edad, denuncia la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán.


Estudios del Fondo de la ONU para el de Desarrollo de la Mujer revelan que la mayoría de las viudas se prostituye o pide limosna para sobrevivir y el 65 por ciento de ellas ve el suicido como la única solución ante la miseria.


Herat, una vez conocida como la Perla del Jorasán, es hoy una ciudad espectral, con un horizonte salpicado por casitas de adobe, pertrechos de guerra obsoletos y mujeres que se esconden del mundo tras la rejilla de un burka.


Luego de una semana en el hospital, la suegra de Shaista escapó con ella para ocultarla en casa, pues su hijo no merecía la vergüenza de una esposa suicida. A casi un mes de la fuga, regresó con llagas en todo el cuerpo y sin sensibilidad en los brazos a causa de amplias zonas necrosadas.


Sobrevivió, como broma cruel del destino. Con los mismos miedos de antes, las huellas del fuego en la piel y solo un brazo para cargar a su hija, Shaista está de vuelta al lugar del que quiso huir.


Yanet Medina

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