Kuala Lumpur, un gigante emergido del lodo

Torres Petronas vistas desde el cielo

Kuala Lumpur se traduce del Bahasa malayo como "río de fango", lo cual es hoy solo una reminiscencia a los brazos de mineros emigrados que la convirtieron en una de las megápolis más apasionantes del Sudeste asiático.


Fundada en 1857 en la unión de los afluentes del Gombak y el Klang, desmembrada por las pugnas de los sultanes Selangor, vuelta a armar por los ingleses y poblada por chinos, indios, e indonesios, a la capital malasia cuesta definirla.


El componente étnico-cultural de la urbe armoniza perfectamente y el hecho de que cada comunidad interactúe sin imponerse sobre la otra, le ganó una reputación de mestiza y cosmopolita.


La visualidad no se aleja del imaginario asiático: abarrotada, ruidosa, geométrica y caótica. Kuala Lumpur es un organismo con vida propia, con reglas no escritas que marcan su tempo.


El lastre del monzón y el smog, la humedad de las selvas tropicales que la rodean y sus 30 grados de temperatura promedio, contrastan con la bofeteada de aire frío en los grandes almacenes y oficinas corporativas. Arterias lujosas desembocan en callecitas que nunca terminan, donde el humo de los puestos de comida empaña la vista.


En el vórtice del Golden Triangle, corazón económico de la ciudad, se codean hombres de trajes costosos con niños de la calle, que se escurren por las hendijas del tráfico para vender flores, abalorios o botellas de agua.


Kuala Lumpur engulle a los turistas y a su millón y medio de habitantes en una vorágine de rascacielos espejados, construcciones decadentes, decenas de razas, creencias e idiomas.


Tembikai!, Tembikai Sir…, vocifera un jovencito para vender cuñas de melón sin corteza a los transeúntes que, probablemente no entiendan, pero le darán unos cuantos ringgit (moneda malasia) por su insistencia.


El pulmón del emporio son los jardines del lago Perdana, cerca del Parlamento, un sitio verde, aun sin corromper por el hormigón, con paseos entre pantanos y cascadas. Ahí está el Parque de las Mariposas y el Aviario, el mayor de su tipo en el Sudeste de Asia, donde se respira diferente y se alimenta a flamencos o pavos reales que ya no le temen a los intrusos.


Quizá el corazón cultural de la capital son su Chinatown y Little India, suburbios de expatriados donde se experimenta la tradición en su forma más vívida.


Calles de Kuala Lumpur

Farolillos de papel rojo, decorados con motivos de dragones, puestos de verdura y marisco justo al borde de la calle, son suficientes pistas para saberse en medio del barrio chino.


Las guirnaldas de flores, el olor a sándalo de los sahumerios y las ofrendas a sus cientos de dioses son el elemento recurrente a lo largo de las zonas donde vive la comunidad tamil.


En los distritos malayos, los pequeños comercios de tela y comida rápida crecen como setas alrededor de las mezquitas y nadie que entre se va sin uno de esos pinchos de cordero, aderezado con las llamadas salsas del diablo.


Para el anochecer, Kuala Lumpur reserva el mejor regalo: avistar los reflejos plateados de las Torres Petronas, que con sus 88 pisos y 452 metros de altura, se ven desde casi toda la ciudad.



Vista de las Torres Petronas

Inauguradas en 1998, fueron hasta 2003 las más altas del planeta. Subir a una de ellas ofrece un panorama único, por el enjambre de neones y la velocidad de la vida nocturna, pero nos priva de presenciarlas a ellas.


Tras el ocaso la metrópoli se convierte en una jungla de luces, proyectadas a lo largo de la cristalería de sus edificios, con las Petronas marcando el pulso de la noche malasia.


Yanet Medina

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