La patria no cabe en una maleta


Hombres del Sahara

La hamada es la zona más inhóspita y pedregosa del Sáhara argelino. Allí no crecen plantas, sin embargo, viven hombres. El destierro ha hecho a los saharauis inventarse otra patria. La verdadera, persiste en la memoria, pero se necesita más que el recuerdo para rehacer la vida cada mañana.


El no tenerla, les ha llevado a fabricarse un nuevo sitio. En las afueras de la ciudad de Tindouf existen cuatro wilayas o campamentos de refugiados: Dakhla, Smara, L´Aiun y Bucraa, enfrentando cada día el avance del desierto.


Sidahmed tiene ocho años y una hermosa sonrisa embarrada de té. Ha aprendido castellano pues hace tres veranos que viaja a España a visitar a su familia de acogida, a través del programa humanitario Vacaciones en Paz.


Cuando regresa a casa, inevitablemente le sobrecogen los ambientes ocres del adobe, maquillados torpemente con cal. Los primeros días le cuesta adaptarse a la severidad del desierto.


En Tindouf no existe red eléctrica ni construcciones de cemento. Los improvisados huertos y corrales para el ganado se dividen con puertas de autos viejos, pedazos de alambre tejido y tanques vacíos.


La escuela, el consultorio y la mezquita son apenas cuartuchos señalizados y con pequeñas cúpulas para la ventilación. Las personas nacen, se casan, rezan y mueren en sus haimas -tiendas de campaña hechas a mano por las mujeres-.


El clima ha moldeado el temperamento de los nómadas. Son hombres estoicos que soportan resignadamente el fardo caliente del sol y el viento que quema el oxígeno. Gente de piel curtida por el trabajo. La vida en los campamentos de refugiados, tortuosa y ríspida para muchos, ya les resulta un hogar.


Han aprendido el oficio de la espera: aguardan a los desaparecidos de la guerra y a los hijos emigrados. La rutina de una vida simple hace idéntica cada época: cuidar los rebaños, cargar el agua, deshidratar carne para los largos viajes, platicar en torno al té, recordar el olor del mar... Esa es la resignación que da la fe.


Casi nada detiene la marcha inasible de los camellos en busca de pasto ni la rutina de este pueblo, solo los huéspedes. Cada invierno los padres de acogida de Sidahmed visitan a la familia.


Entonces se sacrifica un animal. Se le sirven tres vasos de té verde a los invitados: uno “amargo como la vida”, otro “dulce como el amor” y el último “suave como la muerte”. Los hombres se lucen en darráa -vestido tradicional- y hacen traer a alguno de sus hijos que ya memorizó el Corán.


En determinados horarios Tindouf cae en un letargo febril: todos se van a sus tiendas porque el calor agobia. Pero al bajar el sol, los campamentos renacen con una belleza áspera y humilde, bañados de amarillo y naranja. Aquel silencio hueco se rompe y vuelven a hervir los barrios de tanto niño corriendo.


Aunque el exterior sea austero, al entrar a la haima, todo es una vorágine de color: alfombras que no reparan en el kitsh, sino en acolchonar el suelo, almohadones orlados, inmensas cortinas y mujeres deambulando con amplios faldones.


Sidahmed se levanta todos los días poco después del alba, mira de puntillas por encima de las dunas tratando de avistar algún pesquero. Respira hondo para sentir el olor del mar robado.


En las noches su madre le cuenta historias de cuando los saharauis vivían en su hogar, antes de ser desplazados al desierto por el reino marroquí. Él sabe de memoria las calles de El Aioun, los comercios, cada azulejo en las paredes, el olor de los sitios donde crecieron sus padres…


-Cuando el rey de Marruecos se vaya de viaje, recuperaremos el mar del Aioun- le confiesa a su madre con la complicidad de las promesas infantiles.


Sidahmed nació en la costa este del Sahara y sus ocho años no le permiten comprender por qué vive en un mondo campo de refugiados. Es ese el dilema que ha marcado la vida de muchos saharauis, pero aun así no ha podido borrar su carácter cálido, trashumante y resiliente.


En la retórica antigua de su dialecto, hassanía, son llamados “hijos de las nubes”, término que irónicamente se ajusta a su sino de vagamundos. Obligados a flotar en el desierto, privados de su país, hoy, son los apátridas de la última colonia de África.


Yanet Medina

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