Parto simultáneo de ciencia y poesía



Victoriano Díaz Fabelo es especialista en Ginecología y Obstetricia. Trabaja en el Policlínico Modesto Gómez, de San Juan y Martínez en Pinar del Río y atiende a las embarazadas de 24 consultorios del médico de la familia. A la literatura llegó hace casi cinco años, cuando le abrió su puerta el taller Ada Padilla. Medio en broma, comenta que a pesar de ejercer su profesión por tres décadas, ha obtenido más premios como escritor.


Este médico no solo ve nacer a casi todos los bebés sanjuaneros, también calma el dolor de una madre infértil. Cada mañana va a enfrentar el oficio con cuerpo y alma y sus ojos encuentran poesía en todas partes. Al llegar a la casa, en la agenda de los diagnósticos hay versos tatuados.


Entre sus obras, resalta Garabatos más acá del mar:


Respeto el irrespeto de Sabina -que maldice los tipos que se transan- con verbos que el dogmático fusila porque “dicen” se pasa de la raya. Por convivir un poco más aprisa abrazado al gemir de la guitarra y trepar sobre orejas moralistas que perpetuan fetiches en España. A celestes y cultos hacedores, pido perdón si es cursi ligereza señalar con un dedo el horizonte. No importunan idiomas ni fronteras las palabras fundidas en canciones enaltecen las verdades del poeta.


¿Le resulta fácil hacer sonetos?


Dijo Dulce María Loynaz que para considerarse escritor hay que lograr un buen soneto. No es nada fácil, pero me considero un estudiante que tomó sus palabras a manera de reto.


¿Solo ha incursionado en poesía?


No, también hago narrativa: cuento y minicuento. Ahora me siento más cómodo con la poesía rimada. Mi meta es el verso libre, pero quiero dominar la métrica del romancillo, el soneto y la décima.


¿Qué lo motivó a escribir?


Siempre me interesó la literatura, pero no me sentía capaz. Yo quería estudiar Medicina, si no, Periodismo o Arquitectura. Soy un lector voraz. Asisto a las peñas campesinas, admiro la capacidad de los repentistas para crear metáforas en cuestión de segundos. Los compañeros de trabajo me animan a escribir. Todo eso contribuyó a que las asesoras de la Casa de Cultura Rafael Morales me insertaran en el grupo de apreciación. Entonces perdí un poco la timidez y pasé a la sección de creadores. Ellas creyeron en mí.


¿Qué autores ejercen mayor influencia en usted?


En poesía, Miguel Hernández y Antonio Machado. También Martí, Guillén, Lorca, Eliseo Diego y Alberto Peraza –escritor sanjuanero y amigo-. En narrativa mis paradigmas son Onelio Jorge Cardoso y Horacio Quiroga.


¿Algún tema recurrente?


El día a día, reflexiones personales, conflictos existenciales del individuo y en especial de los niños.


¿Cuál de sus obras prefiere?


Son dos, y ambos, poemas infantiles: Ensueño de abril, mención en el Encuentro Provincial de Talleres Literarios del año anterior y Un día con el duende, hecho canción para el concurso municipal Nuestros Autores, premiado con el segundo lugar y como mejor texto.


A Guillermo Cabrera Álvarez, el “Genio del periodismo cubano”, le escribió esta despedida:


Arde, hombre de la palabra; arde en el fuego y las voces forjadas de sudor y de combate, silencios y la noche. Que se alimente de tu ser la hoguera y el polvo de tus manos encuentre su lugar: angosta senda preñada de reclamos, esculpido por botas aguerridas y victoriosos cantos que en el cenit de la Patria aún rutilan.


¿Cómo conoció a Guillermo Cabrera?


Un jueves compré el Juventud Rebelde y descubrí su columna Tecla Ocurrente, ahora Tecla del Duende, también me enteré que en pueblo había una tertulia de seguidores de la sección y me volví “teclero”.


Sin conocerlo, lo admiraba por la lucidez de su palabra, por estar rodeado de muchos afectos. Cuando vino a San Juan y Martínez pude abrazarlo y conversar con él, entonces comencé a quererle. Me impactó su sencillez, su humildad y el halo de simpatía que lo acompañaba a todas partes, incuso, hasta Llanos del Infierno, en el corazón de la Sierra Maestra; allí, muchos de los que fuimos sus amigos despedimos su “polvo enamorado”.


¿Dónde se encuentra con la poesía?


Llega sola, sin avisos, muchas veces en la noche. No me deja descansar, cuando casi me duermo, ella aparece y me sopla al oído una idea que anoto de inmediato y es, al otro día, el punto de partida. Nunca la busco, viene de manera espontánea.


¿Cuál ha sido el momento trascendental de su vida?


Traer al mundo a mi hija Rosy.


¿Acaso fue esa otra cita con la poesía? Lo fue, pero no concertada, sino ocasional, como siempre. Yo había planeado el parto de mi esposa con antelación, pero algo falló y tuve que intervenir. Ese fue el momento más emocionante de mi carrera como médico. Aún no escribía, pero la poesía me dio otra oportunidad: ver el nacimiento de mi primer nieto, Ronald.


¿Deseos insatisfechos?


Leer a fondo la obra de Lezama Lima y dedicarme a la investigación científica.


¿Y hacia dónde se inclina la balanza: medicina o poesía?


La poesía me ayuda a vivir, es una vía de hacerme escuchar, pero no es lo fundamental. El motivo de mi vida es la medicina.


Yanet Medina




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