Resumen: Afganistán 2016 Estampas de la ignominia



Cierra 2016 y Afganistán avala su reputación de piedra en el zapato colonial, de caleidoscopio étnico y político que desemboca en la ingobernabilidad y lleva al desfiladero a cuanto imperio le aceche.


Maldito por la teoría del Heartland o Corazón Continental, desarrollada por el político inglés Halford John Mackinder, se cree que quien controle Afganistán tendría la llave de acceso a Asia Central, Rusia, Siberia y por tanto Europa.


El tapete de muerte y pobreza que hace décadas cubría a la nación, no varió nada a 15 años de la invasión norteamericana. La destrucción de la infraestructura sanitaria y educativa, la muerte de medio millón de afganos y el reverdecer de la insurgencia en 26 de las 34 provincias del país, esboza escuetamente el legado de Washington.


Su democracia importada no surtió efecto en la sociedad tribal afgana y uno de los mayores errores fue entregar cargos políticos a los antiguos señores de la guerra y la droga, expertos en el arte del cambio de lealtades.


Incluso el actual presidente Ashraf Ghani se enfrenta al llamado monstruo de las dos cabezas: un gobierno compartido con Abdullah Abdullah, vicepresidente de facto que no cesa de torpedear sus políticas. Amén de ello, Ghani se empequeñece cada vez más ante su pueblo a causa de la corrupción, el narcotráfico, la inestabilidad económica y la proliferación de bandas armadas.

¿Quién mueve los hilos de la marioneta?

Para establecer su coto de caza en Afganistán, las sucesivas administraciones de Estados Unidos dieron vida, fama y oropel a los insurgentes a los que hoy bombardean.


El antiguo consejero de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, declaró hace unos años al semanario francés Le Nouvel Observateur que en 1979 la CIA penetró el gobierno de Kabul para desestabilizarlo.


Asimismo, el politólogo Michel Chossudovsky afirma que de la mano de mandatario Ronald Regan, la educación laica afgana se vino abajo y la cantidad de escuelas islámicas (madrasas) aumentó de dos mil 500 en 1980 a 39 mil en 2001.


Para cazar talibanes, Washington necesita visibilizarlos, por lo que los insurgentes reciben pagos del mismo enemigo a cambio de protección a sus caravanas y camiones cisterna durante el paso de por zonas tribales.


Según los periodistas Ahmad Kowoosh y Aram Roston, del Proyecto Censurado, el Pentágono usa sus helicópteros para transportar a combatientes del Talibán, muchas veces de una provincia a otra, o hasta la frontera pakistaní.


De acuerdo con el Watson Institute de la Brown University, estos 15 años de guerra costaron a la nación norteña más de 170 mil muertos y unos 830 mil millones de dólares. ¿Todo por descabezar al Talibán y Al Qaeda?


Contrario a lo que proclama el imperio, uno de los objetivos tras bambalinas es controlar al principal productor de opio del mundo y dominar las rutas de la heroína para llenar las arcas de Wall Street.Y el que muchos catalogan como factor principal es que esa empobrecida nación conecta el flujo de crudo entre Oriente Medio y Europa.


La posición geográfica de Afganistán, a la sombra de dos potencias atómicas, Pakistán y la India, y su cercanía a Irán y Rusia es una carta que se ha de guardar bajo la manga para balcanizar la zona.

La resistencia resurge tras 15 años


En 2014 Barack Obama anunció el fin de su misión de combate en Afganistán y con ello la culminación de la guerra más larga de la Casa Blanca, pero este año aun figuraban 11 mil efectivos norteamericanos desplegados allí.


La toma de la ciudad de Kunduz y la entrada del Estado Islámico al terreno en 2015 destaparon dos hipótesis: mala gestión militar de las fuerzas locales entrenadas por Washington o intereses en que la insurgencia reverdeciera.


De cualquier modo, era evidente que en los últimos tres lustros el país no cambió su sino belicista y 2016 culmina con un tercio del territorio nacional controlado por los talibanes.


Con el aumento de los ataques de drones, civiles y rebeldes comparten el bando de las víctimas y una de las tendencias de los locales es unirse al ejército, tomar las armas y la paga y desertar o volverse agentes dobles.


Históricamente los afganos rechazaron la estructura social y moral de sus tantos invasores, pues su imaginario asume el nacionalismo y la religión como bases de la comunidad.


Para ellos la resistencia representa el retorno a las raíces y encarna los valores nacionales, a pesar del uso de la violencia como vía para imponerse en las zonas que controla.


Ofensiva de Primavera


La fragilidad política, la ausencia de un líder capaz de aunar a todas las facciones, el estancamiento económico y productivo, así como un cambio en la cúpula del Talibán fueron detonantes de una nueva ofensiva este año.


El adalid y fundador de ese movimiento, el Mulá Omar murió en 2013 en un hospital pakistaní, pero esto no se divulgó hasta 2015. Su sucesor, el Mulá Akhtar Mansour, pereció en mayo de este año durante un ataque con drones en la provincia pakistaní de Baluchistán.


Antes de morir, Mansour declinó la oferta de paz del gobierno y lanzó una nueva temporada de lucha con la llegada de la primavera, a la cual nombró Operación Omari en honor al primero de los Mulá.


El nuevo cabecilla es el Mulá Hibatullah Akhundzada, perteneciente a línea “Kandahar”, donde militan las facciones más radicales de la insurgencia, hecho que apunta a más ataques y menos diálogo.


Su estreno militar fue en octubre con la reconquista de la ciudad de Kunduz, la quinta más poblada del país, puerta de entrada al norte y punto clave para la salida del opio. El valor simbólico de la urbe supera al estratégico, pues fue el último bastión perdido con el avance norteamericano en 2001 y la primera en conquistar después de 14 años.


Mientras, 130 mil civiles se desplazaban a las montañas cercanas y Ghani buscaba recursos para mantener su nación vertebrada hasta 2020 en una conferencia de donantes en Bélgica.


Ni la ayuda internacional ni la decisión de Obama de mantener efectivos allí agradaron a los talibanes y para noviembre, un atentado al consulado alemán en Mazar-i-Sharif y otro contra una base norteamericana en Bagram enviaban un mensaje claro.


Los talibanes son la organización rebelde más influyente del país, pero aun así, surge una interrogante: ¿Cómo un imperio y todo su andamiaje militar no pudo doblegar a un grupo de pastores armados con kalashnikov en 15 largos años?


Yanet Medina

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