Sharbat Gula o la Mona Lisa afgana

Sharbat Gula fotografiada por Steve McCurry

Un turbante marrón raído sobre el cabello, la piel cobriza y esos ojos verdísimos, espantados e inquisidores, convirtieron a Sharbat Gula en "la niña afgana" de la revista National Geographic.


Su foto devino en 1985 una de las portadas históricas de esa publicación y aquella chiquilla agreste de 12 años se transformó en la Mona Lisa de las artes visuales contemporáneas, a causa de su mirada inquietante.



El retrato de Sharbat Gula como portada de la revista National Geographic

El fotógrafo norteamericano Steve McCurry capturó la instantánea en 1984 en un campo de refugiados afganos de la ciudad pakistaní de Peshawar. Gula huía de la guerra contra las tropas soviéticas y abandonó el país tras perder a sus padres en un bombardeo. Un año después su imagen se popularizó como uno de los íconos del siglo XX y además puso rostro al drama de los refugiados afganos que emigraron a los vecinos Pakistán e Irán.


Dos décadas más tarde, McCurry la localizó en Peshawar a través del periodista pakistaní Rahimullah Yusufzai. Ya entonces era la esposa de un panadero y madre de cinco hijos, aunque uno de ellos no superó la infancia. La segunda instantánea, difundida en 2002, mostraba un rostro pesaroso, manchado por la rudeza del clima y los continuos embarazos. Esta vez, el cabello permanecía agazapado bajo un burka azul turquesa. De su belleza rústica solo perduró el color de los ojos.


Sharbat Gula en 2002

Cuando McCurry se reencontró con Gula, la familia de la afgana dijo a National Geographic que en esos casi 20 años, ella no fue feliz ni un solo día.


La tercera aparición pública de Gula fue a finales de 2016. En esta ocasión la imprescindible foto se tomó en la comisaría donde ella y sus hijos pasaron 15 días encarcelados por posesión de documentos falsos.


Tras el ultimátum de Islamabad de expatriar a todo afgano asentado allí, muchos sobornan a los funcionarios locales para obtener una cédula pakistaní. En la ficha policial, Gula, de 42 años, asoma entre sus ropas de viuda.


Sharbat Gula en 2016

Afectada por la Hepatitis C, y con las huellas del exilio en la piel, “la niña afgana” regresa a su tierra de nadie, donde incluso el acento le es apenas familiar después de casi cuatro décadas de ausencia.


El mensaje fue muy claro: los refugiados afganos ya no eran bienvenidos y el cruce fronterizo sería apenas el comienzo de su calvario. Los deportados irían a los mondos campos de acogida, donde las carpas de lona desafían a la tierra desnuda. Allí, en el corazón de Asia Central, a los pies del Hindu Kush, donde la zozobra crece cada año ante la llegada del invierno.


Desde 1979, tras el enfrentamiento con fuerzas soviéticas, Pakistán abrió las puertas a 1,4 millones de expatriados, mientras que cerca de 900 mil permanecieron en situación semi-ilegal.


Durante varias décadas los afganos constituyeron la mayor población refugiada de larga duración en el mundo bajo el mandato del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Más de medio millón de ellos regresó a Afganistán en 2016, forzados a abandonar el país de acogida por presuntamente dar abrigo a células del movimiento Talibán entre la comunidad.


Tras la cobertura mediática a la deportación de la “Mona Lisa”, el mismísimo presidente Ashraf Ghani y la primera dama, Rula, la recibieron en un palacete de Kabul. Le prometieron una casa, una fundación a su nombre y todos aplaudieron.


Pero para no alterar el uróboros (ciclo eterno de las cosas), la serpiente se mordía la cola otra vez y en menos de dos semanas circulaba en titulares que 20 niños morían de hipotermia en un campamento de expatriados.


La geopolítica maldijo a Afganistán con la teoría del Corazón Continental (quien lo controle tendrá la llave de acceso a Asia Central, Rusia, Siberia y Europa). Acechado por grandes imperios, su reputación de piedra en el zapato colonial sigue incólume. La democracia importada por Estados Unidos solo dejó un tapete de destrucción, muerte, pobreza e ingobernabilidad.


El caleidoscopio étnico del país ha sido usado para azuzar la balcanización de la región. La entrega de cargos políticos a los antiguos señores de la guerra y la droga, expertos en el arte del cambio de lealtades, fue el detonante para despertar el nacionalismo y la politización de la religión. Hoy, el futuro de los afganos está marcado por la guerra entre la insurgencia y las fuerzas gubernamentales, la inseguridad alimentaria y la crisis de los sistemas educativo y sanitario.


La frontera afgano-pakistaní sigue siendo un hervidero de camiones que transportan muebles desvencijados, pedazos de lo que fuera un hogar y hombres que retornan sin propiedades ni capital para iniciar una nueva vida. Quizás ellos terminen hacinados en campos de refugiados o en los cinturones de miseria que rodean Kabul, donde la gente pervive sin electricidad o agua.


El mito de Sísifo se cumple nuevamente y tal como Prometeo empujaba cada día una roca montaña arriba, los afganos echarán raíces hasta que otra guerra les quiebre los pasos y los envíe a un nuevo exilio.



En 2021 el gobierno italiano concedió una visa humanitaria a Sharbat Gula tras la toma de poder del Talibánn

Yanet Medina

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