Sobre el rostro del aljibe se mecía una cubana


Arquitectura morisca

Nabil, mi buen amigo libanés, decía que los españoles eran sus hijos de espíritu y que los latinos lo éramos, por tanto, de nuestros colonizadores. Según él, los cubanos vendríamos siendo una afortunada consecuencia de la expansión cultural de los fundadores de Granada.


Los procesos de reacomodación étnica y lingüística suscitados desde el norte de África hacia la Península Ibérica y luego desde esta hacia América, se dieron continuidad durante trece siglos de inevitable mestizaje en todas las esferas.


España bifurcó la presencia árabe para la Europa fronteriza y hacia las presuntas Indias. De ahí que nombres de origen semítico como Sara, Dunia, o Mariam hayan pasado a formar parte de nuestro entorno social. El flamenco y el cante jondo, adoptados como elementos exclusivos de la tradición española están profundamente permeados por la tilawa, o recitación del Corán.


Tal vez aquel volumen de Las mil y una noches con carátulas abigarradas, que me miraba desde el estante inasible de mi madre, llegó a Andalucía en la alforja de algún comerciante norafricano. Prefiero creer que el que no tiene de moro tiene de andalusí.


El primer contacto de Cuba con la civilización árabe aun se basa en hipótesis, pero las pruebas históricas que hasta ahora se han encontrado nos sitúan en la llegada de las carabelas de Colón, en las que arribaron algunos musulmanes que escapaban de la Inquisición.


A partir de ahí, las costumbres de Al-Andaluz se asentaron en Cuba: la culinaria oriental, la música morisca y la arquitectura islámica, que se incorporaron al mosaico que comenzaba a formarse en el país.


Sumado a ello, en los últimos años del siglo XIX y la primera mitad del XX, se suscitó una gran oleada migratoria desde Líbano, Palestina y Siria, constituyendo La Habana uno de los más conocidos asentamientos de América Latina y siendo igualmente famoso su barrio árabe.


No solo alhajas trajeron aquellos hombres que abandonaban la Alhambra. El español posee más de cinco mil vocablos de origen árabe, tales como gacela, aceituna, almohada, quintal, fulano y ojalá.


La literatura tampoco quedó exenta de la herencia oriental y es representativo el caso de José Martí y su poema Abdala. El repentismo también bebió de la concepción musical y poética morisca y nos apropiamos de instrumentos como el laúd.


Otro rasgo de la impronta semítica es el arte mudéjar, inculcado por los árabes a España y heredado por nosotros a través de esta. En el casco histórico de La Habana aun encontramos muchas fachadas enchapadas con azulejos, incrustaciones geométricas y decoraciones caligráficas.


También se conservan edificaciones que poseen patio central y soleras talladas con formas moriscas, elementos relevantes de ese estilo, que nos transportan al panorama de cualquier ciudadela árabe.


Uno de los espacios emblemáticos que conserva casi intacto su diseño original es el museo Casa de los Árabes, en la calle Oficios número 12, construcción neoclásica de mediados del siglo XIX rescatada por el historiador de la ciudad.


Se llega a él a través de calles angostas, casi laberínticas. El bochorno del mediodía caribeño se mezcla con olor a falafel y couscous del restaurante Al Medina. Despuntando sobre las tejas criollas, un minarete pincha el cielo. Los pavos reales pasean por la casona.


En el interior se respira el ambiente de la España musulmana: mosaicos de azulejos, lámparas barrocas adornadas con cristales, alfombras… El mobiliario revela la destreza de los carpinteros en técnicas como la marquetería y la taracea –incrustaciones de nácar y maderas preciosas en formas geométricas-.


Una fuente con surtidor de estilo marroquí adorna el patio central. Los pasillos interiores se iluminan con pequeños faroles negros. El pozo y el aljibe son una remembranza a la importancia funcional y espiritual del agua. La luz se filtra por las persianillas de puertas plegables y el sol juega con los vitrales creando una atmósfera surreal.


Yanet Medina

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