Sri Lanka, la de los mil rostros

Updated: Dec 16, 2021



Conocida como la isla de los mil nombres, con más de 20 millones de habitantes, templos antiquísimos, una cultura milenaria y paisajes únicos, Sri Lanka es un país de asombros.

Nombrada lágrima de India por su posición geográfica al sur de ese país, la antigua Ceylán también es llamada pequeño milagro o perla del Índico y cuentan que Marco Polo la bautizó con el título de la isla más bella del mundo.

Inicialmente perteneció a los imperios que gobernaron el Indostán. En los últimos 300 años fue la joya de holandeses, portugueses y británicos y su prosperidad atrajo a indios, árabes y malayos.

El cruce de culturas conformó una mezcla étnica hermosísima, un collage lingüístico y un armónico sinsentido de budistas, hindúes, musulmanes y cristianos.

Los srilankeses hablan cingalés, tamil e inglés indistintamente, sin que ello les suponga un quiebre.

Casi mil 500 kilómetros de costa tiene Sri Lanka, cientos de los cuales son playas vírgenes que conectan con la selva tropical.

En el sur, en las aldeas cingalesas, están los pescadores zancudos, ataviados solo con la tradicional falda a cuadros que cubre parte del torso y llega debajo de las rodillas.

Subidos a un madero, soportando el fardo del mediodía o el atardecer soporífero, esperan impasibles los cambios de la marea para llevar a casa algo para las ollas.

El antiguo ferrocarril británico serpentea a lo largo de 340 kilómetros la voracidad de la selva, los arrozales, la costa, altera a los elefantes y la austeridad y silencio de los templos budistas.

En el centro de la isla, en las llamadas tierras altas, están las colinas de té, plantaciones de un verde uniforme salpicadas por los saris de las recolectoras.

Las tardes aquí son invariables: un calor pegajoso que lo muerde todo y luego la violencia de la lluvia, suavizada con una taza del mejor té del mundo.

En el norte se concentra la mayoría de la población tamil, diezmada tras 19 años de guerra civil (1990-2009).

Las heridas del conflicto son cada vez menos visibles. El país se reconstruyó. Los tamiles perdonaron y los cingaleses olvidaron.

Quizá el secreto de esa armonía está en el temperamento de su gente, siempre sonriendo, deseándote ayubowan (larga vida en cingalés) y abriendo las puertas de su casa con un vanakkam (bienvenido en tamil).

Todo es diversidad aquí, incluso la comida: salsas ardientes para vegetales o carne, crema de lentejas con leche de coco, mermelada picante de frutas y la pastelería inglesa, inviolable ritual para el té.

En los improvisados partidos de criquet juegan niños de disímiles ascendencias. Unos son indios puros, otros llevan ese malva persa en los labios y están aquellos de mirada verde, heredada de algún antepasado holandés.

Un peculiar tintineo de joyas y cascabeles escondidos entre saris llama la atención de todos, excepto de los monjes budistas, que atraviesan mercados y calles con la mirada gacha, como si nada alrededor existiera.

Enfundados en túnicas naranja, rapados y en sandalias, a veces son solo niños de nueve o 10 años de edad, cuya única posesión es un rosario y un abanico de paja para el calor.

Los hindúes contrastan con la frugalidad budista y sus templos son una vorágine de color con escenas de dominación cargadas de violencia y erotismo.

Colombo, la capital, es un mosaico, en tanto que la arquitectura europea se mezcla con edificios sarracenos y palacetes de la dinastía mogol.

Los barrios indios, atestados de comercios y triciclos, quedan justo al lado de la zona portuguesa, con sus casitas de teja y sus automóviles clásicos.

Bungalows holandeses con decorados de marfil, jardines geométricos, o una milicia a caballo son escenas que se mantienen intactas desde hace siglos, porque la modernidad no ha podido robarle el alma a Sri Lanka.

Yanet Medina



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