Una novia morena que se llama Andalucía


Palacio de la Alhambra, Granada


Era Mayo. Una bofetada de aire caliente me recibió al aterrizar en el aeropuerto de Albacete. La primavera en el sur de España es casi verano. Tres horas de viaje desde Castilla la Mancha a Andalucía. Una autopista desnuda, tierra árida a ambos lados.


Todo comienza a salpicarse de verde en Jaén. Olivos jóvenes emergen, rompiendo la sequedad de las montañas. El castigo del sol se ensaña con mi piel. Señalizaciones de tráfico en español y árabe -estamos cerca de Marruecos-.


Otras tres horas de viaje hasta Santiago de la Espada, una comarca de menos de mil quinientos habitantes que levita en la ladera de la Sierra de Segura. Un “pueblo blanco” que cuelga a mil trescientos metros de altura. Los despeñaderos son mortales. Alces, jabalíes y cabras pueden abalanzarse en cualquier tramo de la travesía.


La vida en los pueblos andaluces transcurre invariablemente: el bar, la iglesia, la piscina pública, el ayuntamiento, el puesto médico, la plaza del mercadillo… Las casas son blancas o beige. Azulejos celestes cubren la mitad de las paredes –herencia mudéjar- En los balcones de verjas negras cuelgan macetones rectangulares poblados de flores. Dicen los santiagueños que quien sale del pueblo y ve mundo, nunca vuelve.

Es Julio. Hace 37 grados bajo la sombra. El típico verano sureño –brutal y somnoliento-. Quesada es uno de los tantos pueblitos dispersos en la geografía de Jaén. Con cinco mil habitantes, a los pies de la Sierra de Cazorla, aquí nace el río Guadalquivir.


Tal y como en la Almería de Alexis Díaz Pimienta, aquí, “casi nunca llueve”. Al amanecer, bandadas de pájaros estremecen los árboles y se precipitan contra el cielo pálido del alba. Las tejas se pueblan de murciélagos. Las montañas espolean la neblina y se desperezan los olivos.


La mañana anda a gatas, macilenta, sin prisas. Los hombres desayunan en el bar. Las señoras salen a buscar su barra de pan. Al mediodía, el calor se hace insoportable. Entonces…la siesta. Todo queda en pausa, excepto “el chino” y “el marroquí” los únicos comercios que abren de sol a sol.


En mi barrio gitano cada atardecer se escuchan voces ajadas, palmoteos, acordes… El castañear de cristal de vasos se mezcla con las canciones de Canelita y Camarón de la Isla. Muy pocos payos (blancos) se aventuran a la farra de los cíngaros, por miedo al clan, a la piel verde, al cante. Los rom llegaron a Andalucía hace más de seis siglos. Y el flamenco nació entre las piernas de una hembra gitana.

A Granada llegaron los calé y los árabes y los judíos... Esa mezcla hermosa, bizarra y maldita convivió en paz durante varios siglos. Agazapada en las faldas de la Sierra Nevada, fue parte de Al-Ándalus, el imperio musulmán. Epicentro intelectual y teológico para los sefardí. Patria lírica de Federico García Lorca, su “ciudad melancólica del ciprés y del agua”, “esqueleto gigante de sultana gloriosa”.


Una ciudadela se alza intentando alcanzar el cielo. Al hamra, “la roja”, según su traducción del árabe. Palacios con decorados hirientes, interminables. Jardines llenos de fuentes, estanques y aljibes. Fortalezas de paredones inexpugnables.


Andar La Alhambra es vivir por unas horas en la corte del reino nazarí. Arcos de encaje adornan sus alcázares, filtrando la luz a través del calado. La arquitectura civil nazarí es frágil y delicada, pero también sugestiva.


En La Alhambra respiro mis raíces. Madre de cien razas. Novia virgen de piel aceituna. Mis antepasados crecieron en tu vientre verde. Vengo a ti Granada, sin haberte elegido. Estaba escrito. Maktub.


Yanet Medina

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